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Capítulo 04. Tierra quemada

Escandinavia


El guerrero divino Sigmund, junto a los santos Jabu de Unicornio y Galo de la Cruz del Sur, se apresuran a entrar finalmente en las tierras pertenecientes a Asgard, cuando los sucesos acontecidos en el Santuario les alcanzan, deteniendo de golpe su avance.


- Esos dos cosmos que se desvanecieron hace un rato…- murmura con voz tímida el guerrero divino.


- En efecto, se trataba de los cosmos de Ichi y de Nachi, compañeros y amigos míos desde la infancia. - responde con voz melancólica Jabu.


- ¿Qué es lo que habrá ocurrido en el Santuario desde nuestra partida? - se pregunta Sigmund.


- Un tercer y enorme cosmos acaba de ser aplastado por otro mucho mayor, desapareciendo completamente también. Estoy seguro de que ese cosmos pertenecía a un caballero de oro. Sea lo que sea, ha terminado. - interviene serio Galo.


- Así es Galo, ese cosmos era de Geki de Tauro. No tengo duda alguna. No sé qué habrá ocurrido en el Santuario desde que partimos, pero el cosmos de Geki ha terminado por destruir al otro extraño cosmos. -


- ¿Deberíamos regresar para averiguar lo que ha ocurrido antes de continuar? - pregunta con ciertas dudas Sigmund.


- Nosotros tenemos una misión que cumplir, como el resto de caballeros. – responde Jabu tratando de contener las lágrimas.


- Aun así… - murmura empático Sigmund.


- ¡No! Jabu tiene toda la razón, tenemos una misión. En el Santuario todo a terminado, no hay motivo para regresar, además, los demás nos han confiado esta misión… Confiemos nosotros de igual modo en los demás. - responde Galo.


- Bien, ¿Por dónde empezamos? - pregunta Jabu.


- Deberíamos… Deberíamos dirigirnos hacia el palacio, una vez allí, analizar la situación y decidir por donde continuar. No tenemos información alguna. - responde Galo.


- Me parece un buen plan, ¡En marcha! - asiente Sigmund sonriente.


Sigmund y Jabu comienzan a correr, pero Galo se queda parado observando el entorno, rápidamente los otros dos detienen la marcha.


- ¿Qué pasa Galo? ¿Por qué no avanzas? - pregunta el unicornio.


El santo de bronce se aproxima caminando hasta la posición de Galo, el cual, con gesto serio observa con detenimiento el entorno.


- Hay algo aquí… que no termino de ver. - responde pensativo Galo mientras observa la nieve.

- ¿A qué te refieres? - pregunta Sigmund.


Tras observar todo el entorno detenidamente por cierto tiempo, finalmente, Galo se dirige hacia un árbol cubierto por la nieve, ante el desconcierto de Sigmund y Jabu.


Cuando Galo llega al tronco de éste, comienza a escarbar en la nieve, donde para sorpresa de todos, aparecen congelados los cuerpos de varios soldados Alcalianos unos junto a otros.

- Estos tipos son… ¡Soldados Alcalianos! - responde Jabu con asombro.


- Así es, los recuerdo perfectamente de la otra vez. - añade con gesto serio el guerrero divino.


- Están completamente congelados… Sera que les pilló una tormenta y no estaban acostumbrados a estos fríos. - responde sonriente Jabu, dando por resulta la situación.

- No. A estos soldados no los mató ni la nieve ni el frío. - responde serio Galo.


- ¿¡Que?! - exclama sorprendido Sigmund.


- ¡¿Pero ¿¡qué dices Galo!? ¡Cualquiera se quedaría congelado en estas tierras! - insiste Jabu.


- ¡Mirad! - exclama Galo.


Tanto Sigmund como Jabu se aproximan, mientras Galo toma varios de los cuerpos a los que les quita toda la nieve de encima, mostrando claramente como todos ellos tienen heridas y desgarros profundos por todo el cuerpo, marcas de zarpazos más bien parecen ser.


- Estas marcas… - murmura Sigmund.


- ¿Hay en Asgard algún animal salvaje lo suficientemente grande y fuerte como para provocar esto? Y no solo a una persona, sino a varios. Estos pobres miserables no tuvieron tiempo ni de reaccionar. - zanja Galo.


Sigmund reflexiona profundamente sobre esto, perdiéndose con la mirada fija en esas características heridas.


- ¡Sigmund! -


Sigmund reacciona nuevamente ante el grito de Jabu, volviendo en sí.


- No, en esta zona no hay animales, y menos de este tamaño, y no se me ocurre nada que tenga sentido acerca de que o quien ha podido hacer tal cosa. - responde finalmente el guerrero divino.


- Muy bien, proseguiremos con nuestra misión original, pero estad atentos, no sabemos si hay algo o alguien más por ahí merodeando. Podríamos caer en una emboscada. - responde Galo.


Todos asienten con la cabeza, y finalmente, reanudan la marcha penetrando finalmente en las tierras gélidas de Asgard, y tomando la senda que conduce hasta la ciudad y hasta el palacio.


Tras recorrer el largo y frío camino, los tres finalmente llegan al mismo punto de encuentro donde las intervenciones de Isis de Cáncer y Hyoga de Acuario permitieron la huida hasta el Santuario de Hilda, observando los estragos qué, pese a la abundante nieve, todavía son claramente visibles.


Sigmund observa con detenimiento y detalle los estragos causados por el ataque de los Alcalianos, la ciudad que antes se erigía alrededor del palacio ha desaparecido casi por completo, donde apenas un puñado de casas se mantienen en pie, donde la ausencia de vida ha sepultado bajo la nieve calles, casas y caminos, destruidos y quemados por el fuego y la violencia.


- ¡No puede ser! No queda nada… - murmura Sigmund con un profundo dolor en su corazón.


Mientras Sigmund observa desolado la destrucción a su alrededor, Jabu trata de alentarlo, por el contrario, Galo, con algún que otro interrogante en su mente, comienza a moverse de aquí para allá, observando todo meticulosamente.


- Galo, ¿Qué pasa? ¿En qué estás pensando? - pregunta Jabu.


- ¿No es obvio? ¿No notáis que hay algo que no cuadra? -


- ¡¿Qué?! ¿A qué te refieres? - pregunta Sigmund volviendo en sí mismo.


- Apenas queda nada en pie, pero, ¿Dónde están los aldeanos? ¿No os parere extraño no haber encontrado ni un solo cuerpo? Simplemente, no hay nadie por ningún lado. - matiza el santo de plata.


- Pues oye… Ahora que lo dices… ¡Es verdad! - exclama Jabu.


- Sigmund, ¿existe alguna posibilidad de que los aldeanos se hubieran podido ocultar o refugiar en algún otro lugar? - pregunta Galo.


Sigmund se muestra pensativo por un momento, pero cuando va a pronunciarse, los tres son alarmados por el ruido de unos cántaros rompiéndose al caer contra el suelo a no mucha distancia de ellos.


- ¡Maldito viejo inútil! ¡Vamos! ¡Levántate o serás castigado! - grita una voz.


- ¡Abuelo! ¡No! ¡Déjale! ¡Mi abuelito está muy débil! - le suplica la voz de un niño.


- ¡Maldito mocoso! ¡Quítate de en medio o tú también recibirás tu castigo! - insiste el primero.


El ruido de una fusta siendo golpeada pone rápidamente en marcha a los tres, que no tardan en llegar a una plaza a unas pocas calles de donde se encuentran. A su llegada se encuentran con un soldado raso alcaliano golpeando la espalda de un niño, el cual se encuentra tendido en el suelo sobre su abuelo a modo de querer protegerlo.


- ¡Toma! ¡Esto te servirá de escarmiento! - exclama el soldado.


El soldado se dispone a golpear al niño con una vara de madera cuando Sigmund aparece entre ellos, deteniendo con su mano la vara, la cual retuerce con fuerza. El soldado, se sorprende ante la repentina intervención.


- ¿¡De donde sales tu?! ¡Quítate de en medio o tú serás el siguiente! - le increpa el soldado.

- ¿Cómo te atreves a levantar la mano sobre un indefenso niño y su anciano abuelo…? ¡Maldita sabandija miserable! -


- ¿¡Pero ¡¿qué?! ¿¡Como tienes tanta fuerza?! ¡¿Quién eres tú?!- exclama el soldado ante la resistencia que opone Sigmund.


El alcaliano imprime más fuerza y presión sobre la vara la cual Sigmund sujeta y bloquea sin esfuerzo alguno, tras forcejear un rato, con una sola mano retuerce y destroza la vara ante los ojos atónitos del agresor, que intimidado da un par de saltos hacia atrás, percatándose entonces de la presencia de Jabu y Galo.


- ¡¿PERO QUE!? ¡¿De dónde habéis salido vosotros tres?! ¡¿Quiénes sois?!- insiste el soldado sin entender lo que ocurre.


Sigmund mira con una tierna sonrisa al niño, el cual no ha dejado de observar la armadura que éste porta oculta bajo una gruesa toga. Nuevamente dirige la vista hacia el agresor, Sigmund finalmente retira el grueso abrigo que le protegía del frio y que le ocultaba, mostrando ante todos, la armadura divina de Granne, la misma que Kiki de Aries reparó.


- ¡Imposible! ¡Tú eres! ¡Un guerrero divino! ¡Guardias! - exclama atemorizado el soldado que da la voz de alarma.


Antes siquiera de poder dar un solo paso, Sigmund le asesta un fatal golpe con su espada, abatiéndolo en un solo segundo. A los pocos segundos un numeroso grupo de soldados aparecen, rodeando la plaza por completo.


- ¡Por fin algo de acción! - exclama Jabu ansioso por repartir golpes.


- Esto no es cosa nuestra. - le responde Galo agarrándolo por el hombro y deteniendo sus ansias.


- ¡Que no escapen! ¡Matadlos a todos! - exclama el capitán del grupo al ver muerto sobre la nieve a su compañero.


El numeroso grupo se abalanza sobre ellos, Galo y Jabu deciden dejar el asunto en manos de quien corresponde defender las tierras de Asgard, y tras agarrar al niño y a su anciano abuelo, saltan sobre un tejado, dejando únicamente a Sigmund en medio de la plaza.


El guerrero divino, calmado y a la vez furioso por lo que había presenciado anteriormente murmura en voz baja mientras fija la mirada en el nevado suelo.


- Sabandijas cobardes… ¿Cómo os atrevéis a golpear a unos inocentes…? - murmura en voz baja.


- ¡JAMAS OS LO PERDONARE! - estalla furioso alzando la voz.


Sigmund alza su espada y acto seguido la hace caer rápidamente.



¡¡¡HURACAN DE PERLAS!!!



Un violento huracán se forma en torno a Sigmund, el cual absorbe a todo el grupo de soldados, que salen volando en círculos como muñecos de papel. Sigmund con un golpe certero de su espada, detiene en seco el huracán, y los soldados comienzan a caer sin vida contra el suelo, dejando boqui abiertos tanto al niño como a su abuelo.


Una vez pasado el “peligro” Jabu y Galo descienden del tejado para posicionarse nuevamente sobre el suelo congelado de la plaza. Automáticamente, el niño que se agarraba con fuerza al torso de Jabu sale corriendo hacia Sigmund al que observa con atención.


- Tu también eres un guerrero divino, ¿no es así? - pregunta sonriente el niño.


Sigmund muestra asombro ante las palabras del joven el cual observa maravillado su imponente armadura.


- Eh… Sí así es. Soy Sigmund de Granne. - le responde con una sonrisa.


- Y vosotros dos… sois caballeros del Santuario, ¿Verdad? - pregunta el anciano.


- ¡Así es abuelo! ¡Soy Jabu de Unicornio y éste es mi compañero Galo de la Cruz del Sur, y hemos venido junto a este guerrero divino hasta aquí para ayudar en todo lo que sea! ¡No tienes por qué preocuparte de nada abuelo! – exclama sonriente Jabu.


- Antes de todo eso… este joven de aquí, es tu nieto, ¿no es así? - le pregunta Galo al anciano.


- Así es, sus padres murieron hace unos años, y desde entonces yo cuido de él, aunque, a decir verdad, a veces cuida más el de mí. - responde el anciano.


- Con tu permiso, anciano. - interrumpe serio Galo.


Galo deja al anciano apoyado sobre Jabu, y éste se dirige hacia Sigmund y el joven niño, ante el cual se arrodilla, intimidando al niño.


- No temas pequeño, soy un amigo, pero necesito que me respondas a una cosa. -


- ¡Eh…! ¿En qué puedo ayudarle caballero? - pregunta con mucho respeto el niño.


Galo sonríe ante la gran educación y respeto que le muestra el joven.


- Déjate de formalidades, por favor, pero dime, hace un momento le has preguntado a Sigmund si también era un guerrero divino, ¿quieres decir que hay otros guerreros con vida? -


Sigmund y Jabu caen en ese detalle con sorpresa.


- Respóndenos por favor. ¿Hay otros guerreros divinos vivos? -


El niño, abrumado ante la insistencia de ambos, mira dubitativo hacia el suelo.


- Pues… en verdad, yo no lo he visto… corre el rumor de que un guerrero llevo a todos los aldeanos hasta unas cuevas que hay más allá. ¡Pero mi abuelito sí que lo vio! - responde.


- De modo que todavía queda algún otro guerrero divino con vida, al fin y al cabo, es un alivio, la verdad. - responde exhalando aire en profundidad Jabu.


- Sigmund, ¿puedes conducirnos a esas cuevas? - pregunta Galo.


- Ha decir verdad, no puedo… lo siento… he oído hablar de ellas en varias ocasiones en historias pasadas y a los aldeanos más ancianos, pero nunca las he visto con mis ojos… Siento ser de tan poca ayuda. - responde desalentado.


- Por eso no te preocupes joven guerrero, yo conozco el camino. - responde el anciano.


- ¡¿De verdad?! ¡¿Nos llevaría hasta allí?!- pregunta emocionado Jabu.


- ¡Por supuesto que sí! Nos habéis salvado la vida a mi nieto y a mí. Démonos prisa, hay un largo camino y se avecina una fuerte tormenta. - responde nuevamente con una sonrisa el anciano.


El anciano toma su bastón nuevamente, y con paso regular pero firme, se encamina hacia las citadas cuevas, Galo y Jabu le siguen de cerca tras él, mientras que Sigmund que es agarrado por la mano por el niño, cierran el grupo.


Cuando el grupo se ha alejado a cierta distancia de la plaza, dos sombras convergen de entre las ruinas de una de las casas.


- Björn, ¿Has oído eso? Deberíamos acabar con ellos ahora mismo. -


- No, al parecer todavía queda otro guerrero divino con vida en Asgard… Será mejor seguirlos y que nos hagan el trabajo sucio llevándonos hasta los demás… ¡Ubbe! ¡Sigurd! Seguidlos a distancia. No queremos que nos estropeen la sorpresa. -


- ¡Entendido! - Ubbe/Sigurd.


- Iré en busca de los demás. - responde nuevamente el primero.


- Me parece bien. Que todos estén preparados. - responde Björn.


El misterioso Björn, quien parece estar al mando, se queda nuevamente solo, mientras observa como los otros dos comienzan a seguir a distancia los pasos del grupo.


- El tiempo de Asgard se ha consumido… El tiempo de los guerreros divinos ha expirado… - murmura Björn.


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