Capítulo 05. Sombras al descubierto
- Carlos Moreno
- 5 ago 2022
- 10 Min. de lectura
Tras una largo, duro y arduo trayecto el grupo llega finalmente hasta la base de unas altas y grandes montañas donde la temperatura es, si cabe, más fría debida a las fuertes corrientes de aire que soplan.
- ¡Achís! ¡Achís! ¡En serio, no puedo con este maldito tiempo nórdico! - exclama Jabu estornudando y tiritando repetidamente.
- Jejeje. Es perfectamente normal muchacho. Pero tranquilo, te acabarás acostumbrando a este clima. - le responde alegremente el anciano.
- No creo que eso pase jamás abuelo… Además, ¿¡a quien se le ocurrió de la idea de ocultarse en un lugar como este?!- le reprende Jabu.
- Las montañas y sus cuevas son el lugar perfecto para ocultar a la población. Por no hablar de que, en un lugar como éste, tan escarpado, un ataque masivo no serviría de mucho. Estratégicamente, es un lugar perfecto para ocultarse y ofrecer una defensa más sólida en caso de ataque. - responde Galo.
El anciano se vuelve dirigiendo su mirada hacia el santo de plata.
- Eres un hombre de pocas palabras, pero muy observador e inteligente. Sabes leer los escenarios. Francamente, siempre pensé que todos los caballeros del Santuario eran del estilo atacar por la fuerza bruta y ver que ocurría después. - responde el anciano.
Galo sonríe ligeramente al escuchar las palabras del anciano.
- La verdad, anciano, es que… durante muchos años Asgard y el Santuario han mantenido una rivalidad absurda en la que se han librado multitud de batallas inútiles donde se ha derramado sangre innecesariamente. Ha tenido que aparecer un enemigo tan terrible para que nos diéramos cuenta de esto. -
El anciano se queda en silencio reflexionando por unos minutos.
- En eso tienes toda la razón. Y aunque por un lado me duela admitir que necesitamos vuestra ayuda… por el otro me alegro de que estéis aquí. - zanja el anciano.
- Para mí es un placer, anciano, y mientras yo esté en estas tierras, no permitiré que ninguno de los suyos sufra daño o sea atacado. Le doy mi palabra. -
El anciano se emociona ante las palabras de Galo, y aunque de forma disimulada, no puede evitar derramar alguna que otra lagrima de agradecimiento por la ayuda recibida por parte de los santos de Atenea, cuando Sigmund, que ha escuchado toda la conversación en silencio, se aproxima hasta ambos.
- Usted sabe igual que yo, que no siempre hemos obrado de forma correcta, y que, de no ser por los santos de oro, que hace veinte años lucharon por defender a Asgard y su gente…-
- …Aunque nosotros estábamos ciegos para verlo, nuestro pueblo habría desaparecido. Yo tuve el honor de luchar contra ellos, y le aseguro que no hay guerreros como ellos. Contar con su ayuda nuevamente es un auténtico privilegio. - responde Sigmund.
Todos quedan en un respetuoso silencio mutuo, cuando una voz irrumpe.
- ¡Eres tú Sigmund! -
Todos se encaminan hacia la entrada de la cueva, de la cual, proviene esa voz, la cual Sigmund identifica.
- ¡Heracles! -
Heracles de Tangrismir aparece para sorpresa de todos, cubierto de vendajes, heridas y magulladuras, que le impiden caminar de forma normal, siendo asistido por el joven niño, el cual se adentró en la cueva mientras los demás conversaban en la entrada de ésta.
- ¿Quién es ese? - pregunta el anciano al ver al enorme Heracles.
- ¿¡Pero es que no lo reconoces abuelo?! ¡Es el guerrero que os trajo a todos hasta aquí! ¡Vaya memoria la suya! - le reprende Jabu.
- Te equivocas por completo muchacho. Mi memoria esta perfecta, pero este no es el guerrero que nos trajo a todos hasta este lugar. - responde con firmeza el anciano.
- ¡¿Cómo?!- Sigmund/Galo.
Sigmund se dirige rápidamente hacia el anciano de nuevo.
- Anciano, ¿quiere decir que fue otro de mis compañeros el que les trajo? - pregunta Sigmund con cierta tensión en la voz.
El anciano se cruza de brazos pensativo.
- Para ser sinceros, no era ninguno de tus compañeros, pero no me cabe la menor duda de que era un guerrero divino. - responde finalmente.
- ¡Eso es imposible! - exclama nuevamente Sigmund.
Galo hace ciertos gestos con sus brazos con la intención de calmar a Sigmund, tomando él mismo la palabra.
- Dice que no era ninguno de los guerreros de la actual orden, y sin embargo afirma con seguridad de que se trataba de un guerrero divino, ¿Por qué no me lo explica? -
- Es bastante sencillo muchacho, sé que era un guerrero divino porque reconocí su armadura… Ha decir verdad, hacía más de veinte años que no la veía, pero sin duda, ese hombre vestía una armadura de Asgard. -
- ¿Cómo está tan seguro? - insiste Galo.
- Pues verás, nunca olvidaré una armadura como esa, blanca y reluciente como la nieve, y cuyo casco tomaba la forma de la cabeza de un tigre blanco, con sus enormes y largos dientes. -
- No conozco ninguna armadura con esa descripción. - interrumpe Sigmund.
- ¡Yo sí! Recuerdo haber visto esa misma armadura, hace mucho tiempo… Justo antes de que empezara la batalla entre el Santuario y Asgard. Pero, aun así, aquel hombre murió hace mucho tiempo… debe tratarse de otra persona. - interrumpe Jabu.
- Sea como sea, eso ahora no es prioritario. Ya investigaremos este tema a fondo más adelante. - zanja la conversación Galo mientras Heracles se aproxima hasta ellos.
- ¡Que alegría verte con vida! - exclama emocionado Sigmund.
- ¿¡Acaso esperabas otra cosa?!- le pregunta sonriente Heracles.
Sigmund cambia su expresión alegre rápidamente por una mucho más seria y apenada.
- La verdad… Cuando me marché de aquí para ir en busca de ayuda al Santuario era el único que quedaba en pie… No albergaba muchas esperanzas de encontrar a ninguno más con vida. -
- Visto así… entiendo que nos dieras a todos por muertos, y no es para menos, yo estoy aquí vivo gracias a que unos aldeanos me encontraron malherido bajo los escombros de una casa, de no ser por ellos, ya estaría muerto… Y dime… ¿Dónde está Froddi? ¿No ha venido contigo? -
- Froddi permaneció en todo momento junto a Hilda y Lyfia como le ordené, salió de Asgard junto a ellas gracias a un grupo de caballeros que vinieron en su busca. -
- Entonces… ¿Por qué no ha venido? -
- Lamentablemente… los enemigos nos siguieron, incluso a través del valle de los muertos… Allí nos cercaron, y en un último intento por cumplir su misión de mantener y llevar a Hilda con vida hasta el Santuario, se sacrificó salvándole la vida a una joven santa de oro… ¡Ojalá hubiera podido estar allí para hacer algo! - exclama Sigmund golpeando con rabia el suelo.
- ¡OH VAYA, QUE HISTORIA MAS TRISTE! - exclama una voz interrumpiendo.
- ¡LO MEJOR SERA QUE TE ENVIEMOS A REUNIRTE JUNTO A EL! - grita una segunda voz que sigue a la primera.
Los guerreros se sobresaltan ante la inesperada intromisión. A lo lejos, y con cierta dificultad debido a los vientos y la nieve, se vislumbran dos siluetas, una junto a la otra. Esto les hace reaccionar de inmediato, tomando posiciones defensivas al frente de la cueva, colocándose en primera línea Sigmund, Jabu y Galo.
- Abuelo, lo mejor será que entre ya en la cueva, esto puede ponerse feo. - le comenta Jabu.
- Esas presencias… ¡Sin duda son las mismas que sentí la noche del primer ataque! - exclama Heracles dando un paso al frente y situándose a la par que el resto.
- Heracles, ¿Se puede saber qué haces? No estás en condiciones de pelear, además, somos tres, nos bastamos más que de sobra para ocuparnos de esos dos. - le increpa Sigmund.
- ¡Oh! ¿Eso crees? - le pregunta uno de los individuos.
- No sé qué me hace más gracia, si el hecho de que se creen capaces de hacernos frente a nosotros hermano, o que únicamente solo seamos dos… por ahora… jejeje…- se ríe el segundo en voz baja.
- ¡AHORA MISMO LO COMPROBAREIS! ¡AAHHH! - exclama Jabu haciendo estallar su cosmos.
- ¡Jabu espera! - le reprende Galo, haciendo caso omiso el santo de bronce.
¡¡¡GALOPE DE UNICORNIO!!!
Jabu abandona su posición junto a sus otros dos compañeros sin pensárselo dos veces y se lanza contra los dos sujetos, los cuales permanecen inmóviles ante la reacción e iniciativa del santo de bronce.
El santo del Unicornio que de un salto se ha elevado notablemente en el aire, comienza a descargar una inmensa batería de golpes provenientes de sus pies, destreza que con los años ha mejorado notablemente, pero los dos individuos apenas muestran sorpresa ni interés en los actos de Jabu, y sin esforzarse mucho, esquivan sucesivamente todos y cada uno de sus golpes, que no hacen sino, levantar grandes cantidades de nieve.
Cuando la polvareda blanca de nieve se asienta nuevamente, Jabu se percata de que los individuos se han separado, situándose estratégicamente en lados opuestos, quedando el santo del Unicornio en medio de estos.
- ¡AHORA VERAS! -
- ¡SIENTE EL AUTENTICO DOLOR! - exclama el segundo.
¡¡¡GOLPE ARMONICO!!!
¡¡¡BALA DE FUEGO!!!
El primer ataque golpea como una onda sísmica la espalda de Jabu, el cual sale abalanzado contra el segundo, el cual, juntando sus manos, proyecta una bola de fuego, la cual le golpea en el estómago, lanzándolo contra la entrada de la cueva, a la cual llega tras caer contra el suelo con fuerza y ser arrastrado por la potencia del ataque.
- ¡Jabu! - exclama Sigmund aproximándose a éste.
- ¡¿Pero que porras ha sido eso?!- exclama contrariado el Unicornio levantándose nuevamente.
- Has sido un imprudente, te dije que esperases. - le reprocha Galo con actitud seria.
- ¿Y qué querías que hiciera? ¿Quedarme quieto sin hacer nada? - le responde.
- Exactamente. - responde tajante el santo de plata.
Heracles da un paso más hacia el frente, tras ver lo ocurrido con el santo de bronce, y teniendo presente que esos misteriosos sujetos son los mismos que iniciaron los ataques.
- ¡Dejádmelos a mí! - exclama el corpulento guerrero pretendiendo continuar él la lucha.
- ¡Espera! Por favor. - insiste Galo, alzando su brazo derecho a modo de interceptarlo.
- ¡¿Galo se puede saber que te pasa?! ¿¡A qué viene tanta cautela?! ¡Se supone que tú eres un santo de plata! - le increpa molesto Jabu ante la extraña actitud de su compañero.
Una vez que Heracles se ha detenido, Galo baja nuevamente su brazo, dirigiendo su mirada hacia el irritado santo de bronce, la cual, hasta ahora, había permanecido fija en los dos misteriosos individuos que han aparecido.
Por el contrario, Sigmund, muy observador, se aproxima a Galo, situándose junto a este al cual le susurra en voz baja.
- Doy por hecho que tienes algún tipo de plan, ¿No es así? -
- Así es… Tengo algo en mente, pero primero, quisiera averiguar algunos detalles. - le responde el plateado.
- ¿Algunos detalles dices? - insiste Sigmund.
- Eso es… Y para ello, quiero que me dejéis esto a mí. - responde Galo sorprendiendo al grupo.
- Entiendo que eres un santo de plata, y de lo fuerte que puedes ser, pero sabes tan bien como yo, que eso no sirve de mucho. Ya has visto como han respondido al ataque de Jabu perfectamente sincronizados. -
- Soy consciente de ello… Si sale bien… pronto lo entenderás…- le insiste el santo de plata.
- Esta bien… como desees. Jabu, Heracles, permaneced quietos. - responde Sigmund asumiendo los deseos de Galo.
Ante el desconcierto dibujado en el rostro de Jabu, Galo toma la iniciativa, caminado unos cuantos metros hacia las afueras de la entrada de la cueva, donde el fuerte viento ondea la capa que porta a la espalda de su armadura, éste, finalmente, si sitúa a pocos metros de ambos sujetos, que se ríen en voz baja.
- Sino me equivoco, tú eres un santo de plata, ¿Verdad? - pregunta uno de ellos.
- Estas en lo cierto, mi nombre es Galo, caballero de plata de la Cruz del Sur. Y ahora que me he presentado, ¿Tendríais el detalle de hacer lo mismo? -
- ¡Oh por descontado! - exclama el segundo con la misma risita para sí mismo.
Finalmente, los dos individuos se presentan, descubriéndose de las ropas que les ocultaban y que, en parte, les protegían de la ventisca. Tras esto, dos hombres de la misma estatura aparecen, ambos poseen unos negros y profundos ojos como el carbón.
- ¡Mi nombre es Ubbe! ¡UBBE DE MIDGARD! -
Con pelo corto y negro como sus ojos, el cual está cubierto por una especie de banda, el primero de ellos se presenta.
- ¡Mi nombre es Sigurd! ¡SIGURD DE MUSPELHEIM! -
El segundo hombre, finalmente se presenta también, con unos rasgos faciales similares a su compañero, éste se presenta con un pelo lacio y largo que le alcanza hasta el cuello, y donde el cual, cuelgan dos pequeñas trenzas, una a cada lado del rostro, adornando así su rostro.
Tras las presentaciones, ambos han aprovechado para situarse a derecha e izquierda de Galo, del mismo modo al que actuaron al atacar anteriormente a Jabu.
- ¡Mierda! ¡¿En qué pensaba Galo?! ¡Ha caído en la misma trampa! - exclama desesperado Jabu.
- ¡Lo siento caballero! ¡Pero es hora de que mueras! - exclama Ubbe.
- ¡Debiste haberlo pensado dos veces! - añade Sigurd.
- ¡Venid a por mí! - exclama Galo, que de un salto se impulsa hacia atrás.
- ¡Da igual que nos tengas a ambos de frente! - responde Bain viendo los movimientos de Galo.
- ¡Tu destino será el mismo! - vuelve a añadir Sigurd.
Ambos se preparan para el ataque, empezando a elevar sus cosmos, parejos entre sí, y que entre ellos forman una especie de simbiosis.
¡¡¡GOLPE ARMONICO!!!
¡¡¡BALA DE FUEGO!!!
Esta vez ambos ataques son lanzados conjuntamente desde el mismo punto, mezclándose éstos entre sí, ante un Galo que hasta ahora se había mostrado siempre muy frío y calmado, pero que ahora, por vez primera, comienza a elevar su cosmos, mostrando por fin su poderío como santo de plata.
A Jabu rápidamente le llama la atención el hecho de que el aura del cosmos de Galo no es de una tonalidad plateada o blanquecina como suele ser habitual en los santos de plata, sino que es de un color anaranjado y que el cual, intensifica su color y brillo cada vez más.
Galo finalmente decide pasar a la acción, emitiendo por fin toda su fuerza, la cual se asemeja mucho a la de un volcán, y que, como tal, se acrecenta a medida que se libera. Jabu apenas tarda más que unos pocos segundos en darse cuenta de que los movimientos que Galo ejecuta le son claramente familiares, cuando finalmente cae en la cuenta.
- ¡IMPOSIBLE! Esos gestos son… -
Sin tiempo para acabar la frase Galo lanza finalmente su contra ataque. Apareciendo tras de sí un pájaro llameante al cual acompaña un muy concreto chillido.
¡¡¡ILUSION DIABOLICA DEL FENIX!!!
Mientras tanto, en el Santuario
Geki se encuentra arreglando y decorando con flores las tumbas de sus dos amigos caídos, cuando el sonido de unos pasos metálicos aproximándose a él.
- Geki, ya me enterado de lo ocurrido… Lo siento mucho… Sé que estabais muy unidos desde hace muchos años. - le habla una voz.
El santo de oro se detiene, que se gira, encontrándose ante él para su sorpresa a.
- ¡Mirari! ¡Mirari de Piscis! ¡Finalmente has vuelto! - exclama entre sorprendido y contento el regreso de la joven santa.
Sin decir nada más, Mirari se arrodilla junto a Geki frente a las tumbas de Nachi e Ichi haciendo florecer con su cosmos un abundante grupo de rosas de varios colores a modo de respeto hacia ambos santos. Geki no puede evitar observar el estado en el que la santa de Piscis ha regresado tras la brutal lucha que ésta mantuvo. Y tras mirar al cielo momentáneamente, el santo de Tauro se incorpora, tomando dirección hacia la salida del Santuario.
- ¡Geki! ¡¿Pero a dónde vas?! - pregunta contrariada Mirari.
- Me alegra mucho tu vuelta, de verdad. Y ahora que otra santa de oro se encuentra en el Santuario no me cabe la menor duda de que debo marcharme ya. - le responde.
- ¡¿Marcharte a dónde?! -
- A hacer lo que tengo que hacer… No perderé a ningún amigo más… - responde alejándose mientras se despide haciendo gestos con el brazo.
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