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Capítulo 14. La decisión de Shakkiri

La batalla en el desierto ha tocado a su fin, tras desatar Hyoga su técnica suprema, todo al paso de la ejecución de la aurora ha sido arrasado y convertido en hielo cristalino, el sol vuelve a brillar sobre el hielo y la nieve, creando multitud de reflejos multicolores al atravesar este los cristales de hielo.


Ahísa tendida en el suelo, agoniza sus últimos momentos de vida, Hyoga, se acerca hasta ella, arrodillándose, la recoge entre sus brazos con mirada compasiva.


- Ver… verdaderamente… los caballeros de oro tenéis un poder increíble… - susurra Ahísa con voz apagada.


- Has sido una rival admirable, ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias... - le responde serio Hyoga mientras siente como el cosmos de Ahísa se apaga paulatinamente.


- Je… no creo que hubiéramos sido amigos… pero podríamos haber sido… tal vez… compañeros… -


- Me hiciste una promesa, ¡no te vayas de este mundo faltando a tu palabra en el último momento! - le responde el santo dorado.


- No… por supuesto que no lo haré… la palabra de un guerrero es sagrada… - le responde.


- Entonces… dime dónde puedo encontrar la cura para el veneno que sentencia a muerte a ese santo de plata. -


- Está bien… mi veneno ya lleva demasiado tiempo en su cuerpo, una simple rosa del desierto no te bastará… aunque con eso tal vez puedas ganar tiempo… Debes dirigirte a la zona oeste de la selva Amazónica, en la frontera entre Colombia y Perú, allí existe una zona montañosa, de difícil acceso, pero si logras alcanzar la zona alta... allí habita una tribu guerrera desde hace siglos llamada Bora… su reina… Alexia… posee los conocimientos para dicho antídoto… -


- Gracias, Ahísa… - responde Hyoga.


- Pero debéis saber un par de cosas… Ningún forastero que se ha acercado al territorio de los Bora ha salido de allí con vida… y aunque logréis llegar… su reina… es la guerrera más fuerte de toda la tribu… su salvajismo y su fuerza solo son comparables a su devoción por la madre tierra… -


- Te agradezco esta información… Ahísa… - responde Hyoga, que antes de acabar la frase observa como los ojos de Ahísa se cierran por última vez, desvaneciéndose el último ápice de su cosmos.


Emma, Shakkiri y Merino, que se han reunido junto al caballero de acuario, forman un círculo alrededor de la que ha sido una rival increíblemente dura. Hyoga deposita con sumo cuidado y respeto el cuerpo de Ahísa sobre la nieve, quedando ésta acunada en el espesor del blanco y frio manto.


Tras esto, Hyoga se incorpora y dirige su mirada hacia los demás.


- Debemos llevar sin más dilación a vuestro amigo hasta el Santuario, allí hay alguien que tal vez pueda ayudarle. - comenta pensativo Hyoga.


- Pero maestro… las palabras de Ahísa fueron claras… solo con un antídoto podremos salvar a Trémino. -


- Lo sé, pero solo disponemos de la información que Ahísa nos ha dado acerca del lugar y de lo que puede aguardarnos allí, además, estamos a un día del Santuario, y a dos como mínimo del lugar del que nos ha hablado. -


- Pero si vamos al Santuario, perderemos un día más, y Trémino puede no tener tanto tiempo. -


Un ligero silencio se hace entre los cuatro, pensando cómo proceder.


- Yo iré en busca del antídoto. - interviene Shakkiri.


- ¿¡Que?! ¡¿Te has vuelto loca?! Apenas hemos salido con vida de aquí… ¡¿y quieres ir sin más a un lugar donde te encontraras con toda seguridad con rivales más fuertes que Ahísa y Ashabi?! - exclama sorprendido Merino.


- Así es. Bastián ha dado su vida por nosotros, ¿Qué tipo de santa seré sino hago lo mismo por salvar a Trémino? Yo iré, tú regresa al Santuario con Trémino si quieres. - insiste seria Shakkiri.


- Yo iré contigo. - interviene con una sonrisa Emma.


- Gracias… Emma… -


- ¡Maestro Hyoga! ¡Diga algo! - le suplica Merino.


- Ellas han tomado su decisión, tú debes hacer lo mismo. Yo puedo ocuparme de llevar a Trémino al Santuario. - responde Hyoga.


Tras unos minutos deliberando y de indecisión…


- ¡De acuerdo! ¡Iré con vosotras! Bastián iría sin dudar a cualquier lugar, no podemos deshonrar su sacrificio abandonando a otro compañero. - responde finalmente el santo del lagarto.


- Pero… Deberíamos ocuparnos de Bastián… no podemos dejarlo aquí sin más… no se merece eso… - murmura Shakkiri observando el cuerpo de su compañero.


- De eso me ocupo yo… - responde Hyoga.


Hyoga aparta a los tres santos y se encamina hacia el lugar donde yace el corpulento cuerpo de Bastián, situándose junto a éste, comienza a elevar su cosmos intensamente.


- Caballero de la Ballena… tu muerte… abrirá el camino a tus amigos… ¡ES UN HONOR PARA MI HONRAR TAL SACRIFICIO! -


En las manos de Hyoga comienza a expandirse todo su cosmos concentrado.


¡¡¡SARCOFAGO DE HIELO!!!


El caballero de Acuario descarga todo el cosmos concentrado en sus manos sobre el cuerpo de Bastián, segundo después, un gigantesco bloque de hielo emerge del suelo, sellando el cuerpo del santo de plata en su interior. Merino y Shakkiri no pueden evitar derramar lágrimas ante el acto que Hyoga realiza en su honor.


- Este sarcófago de hielo jamás se derretirá, jamás será dañado por nadie, preservará por y para siempre tu cuerpo en este lugar, y mostrara a los caballeros de hoy y los que están por llegar, lo que significa ser un caballero. Descansa en paz, caballero de la Ballena. - se despide Hyoga arrodillado ante el féretro congelado.


Hyoga toma el cuerpo de Trémino y se dirige a los demás.


- ¡No perdáis más tiempo! ¡La vida de vuestro compañero está en juego! No subestiméis a vuestros enemigos y mantened siempre vuestra determinación intacta, sin ella no hallareis la victoria. Hasta pronto… - se despide Hyoga alejándose del lugar con el santo de Flecha.


- Hasta pronto… maestro… - susurra Emma.


- ¡En marcha! ¡Tenemos mucho camino por recorrer! - exclama Shakkiri.


- ¡SI! - Emma/Merino.



El Santuario, Casa de Aries


Kiki se encuentra junto a Safiya reparando las dañadas armaduras de Ryuho, Ígalo y Vada, tras la dura batalla en la que se enfrentaron a Ajax.


- ¿Safiya te queda mucho? - pregunta Ryuho.


- ¡Tardaré lo que tenga que tardar! Y sino, ¡No haber destrozado así tu armadura! - le responde molesta Safiya.


Kiki muestra una ligera sonrisa ante las palabras de su pupila.


- Y pensar que el escudo del Dragón era indestructible… - murmura pensativo Ryuho.


- Una armadura es tan resistente como el espíritu del caballero que la viste. - le responde Kiki.


Ryuho baja la mirada, avergonzado por haber permitido que dañasen la armadura que un día su padre vistió orgulloso.


- Ryuho, no te preocupes, eres el caballero más reciente, el aprendizaje de un caballero no termina cuando logra vestir una armadura… todavía recuerdo cuando conocí a tu padre… en aquella ocasión también traía su armadura junto a la de Pegaso muy dañada. - comenta con nostalgia Kiki.


- ¡YA ESTA! ¡Vada! Tus espadas están reparadas. ¡Uff! ¡Y parecía tarea sencilla! - exclama agotada Safiya.


- Gracias, Safiya. - responde seria Vada mientras enfunda nuevamente las espadas doradas en su espalda.


Tras guardar nuevamente sus armas, Vada se acerca a Ígalo, que se encuentra apoyado sobre una columna en la zona trasera del templo, observando el largo recorrido de las casas que termina en el Palacio del Patriarca.


- ¿En qué piensas Ígalo? -


- Analizaba el combate que tuvimos, pensando en que fallamos… que pudimos hacer… - responde pensativo.


- ¡Lamentarse no sirve de nada! ¡Céntrate en superarte y vencer a tu próximo rival! - le responde una voz en la lejanía que viene desde la casa de Tauro.


Poco después, tanto Ígalo como Vada identifican a la persona que ha irrumpido en su conversación. Un caballero dorado se les aproxima.


- Tú eres… Mirari de Piscis. ¿No es así? - pregunta respetuosamente Vada.


- Así es, y tú debes ser la nueva santa de Libra, aquella que viste la armadura del Patriarca. -


- Vada es mi nombre… y si, ahora soy yo quien viste la armadura de oro de Libra. -


- Um… no tengo claro si el Patriarca hizo lo correcto confiándote su armadura… a las primeras de cambio ya la has dañado… - responde algo despectiva Mirari.


- ¿¡Pero de qué vas?! ¡Ella es una santa de oro como tú! ¿Con que derecho te crees para hablarle así? - le reprende molesto Ígalo.


- Jejeje… No se lo tengáis muy en cuenta… Mirari es conocida por decir lo que piensa sin medir sus palabras. Hola Mirari, ¿Qué te trae tan lejos de tu casa? - entra en escena Kiki incorporándose a la conversación.


- Aun así… debería ser más respetuosa… - murmura Ígalo, que sigue muy molesto.


- Vengo en busca de información. - responde Mirari.


- ¿Información? - pregunta sorprendido Kiki observando el objeto que Mirari trae consigo en su mano.


- ¿Qué es esa flecha negra que traes contigo? - pregunta Vada que también se ha dado cuenta de ello.


- Es un mensaje. - responde tajante Mirari.


- ¿Un mensaje dices? ¿De quién se trata? - pregunta intrigado Kiki.


- Un grupo de santos de plata se encontraban de misión en el norte de África, esta flecha fue enviada por uno de ellos, hace ya más de un día, en ella informaba de todo lo que habían descubierto y de la situación en la que se encontraban. Sinceramente, dudo que hayan sobrevivido, aun así, quería comprobarlo, había cierta información que me inquietaba. - responde seria la santa de Piscis.


- Es la primera vez que te veo preocuparte por algo… - comenta Kiki.


- Simplemente, había ciertos datos que me llamaron la atención, y de recibir noticias o alguna nueva información, quería comprobarla. Nada más. - responde Mirari restándole importancia.


- Tan dura por fuera… y tan tierna por dentro… - murmura entre sonrisas Kiki.


- ¿¡Que has dicho?! -


- Nada… nada… - vuelve a murmurar riendo el santo de Aries.


La cómica y agradable situación se transforma cuando unos ligeros copos de nieve hacen acto de presencia, anunciando la llegada de alguien a la casa de Aries. Rápidamente Kiki, Mirari, Ígalo y Vada se dirigen con rapidez hacia el lado frontal de la casa, en el transcurso de la carrera, Ryuho que se encontraba junto a Safiya, que cesa en las reparaciones se unen a ellos, encaminándose todos hacia la entrada.


Nada más salir y ser alcanzados por los rayos del sol, se reencuentran con un viejo amigo.


- ¡Hyoga! - exclama un Kiki sorprendido.


- ¡¿El caballero de Acuario?! ¿No se suponía que estaba por Siberia y la frontera con Asgard? - se pregunta en voz alta Ígalo.


Hyoga se aproxima hasta el principio de las escaleras que dan acceso al primer templo del santuario, donde mientras deposita al malherido Trémino, observa el comité de bienvenida que le recibe.


- ¿Qué hacéis todos vosotros aquí? - pregunta sorprendido.


- Lo extraño es encontrarte a ti aquí… hace años que no venias por el Santuario. - le reprende Kiki.


- No hay tiempo para tonterías, ¿Mirari de Piscis se encuentra en el Santuario? Si es así id en su busca de inmediato. ¡Deprisa! -


- Aquí mismo estoy. - responde la santa de Piscis apareciendo entre dos columnas.


- ¡Mirari! Este caballero necesita de tus conocimientos médicos. -


- ¿Y de dónde ha salido este santo de plata? -


- Pertenece a la partida enviada al desierto en el norte de África. -


Las palabras de Hyoga causan sorpresa en el rostro de Mirari, que inmediatamente se aproxima junto a Hyoga y Trémino al que examina detenidamente, y en el cual, reconoce rápidamente los efectos del veneno que le arrebata la vida poco a poco.


- Estos síntomas… ¡Hyoga! ¿A quiénes os habéis enfrentado? Este veneno no es típico del desierto… este veneno proviene de… -


- De la selva Amazónica. Lo sé. - responde Hyoga terminando la frase de Mirari.


- ¡¿Cómo que lo sabes?! -


- Emma y yo, nos dirigimos desde Siberia hasta las cordilleras fronterizas con Rozan, allí Kazui de Capricornio nos informó de que un grupo de tres santos de plata partía hacia el norte de áfrica, en busca de una posible base oculta del enemigo, donde ya había un cuarto santo de plata sobre el terreno. - explica Hyoga.


- Continúa... - responde muy interesada Mirari.


- Para cuando dimos con los santos de plata, ya habían entrado en batalla contra dos Alcalianos de segundo y tercer grado, ambos poderosos como para derrotar a los cuatro santos de plata. Uno de ellos, cayó a manos de una Alcaliana de segundo grado llamada Ahísa, la cual poseía una técnica oculta con la cual envenenaba a sus adversarios. El caballero que traigo conmigo también resulto envenenado por la misma ponzoña, al igual que yo, pero pude sobrevivir gracias a tu rosa blanca del desierto. -


- ¿Has dicho Ahísa…? - murmura pensativa Mirari.


- ¡Mirari! ¡No hay tiempo! Este caballero necesita de tus habilidades. -


Mirari mira fijamente a Hyoga, asintiendo con la cabeza, acto seguido saca una rosa idéntica a la que Hyoga conservaba dentro de la burbuja de hielo, y se la clava en pleno corazón a Trémino, el cual apenas reacciona dado su agravado estado.


- Esa tal Ahísa, dijo que tu rosa no sería suficiente, que se necesita un antídoto el cual se encuentra en una zona concreta de las amazonas, en la frontera entre Colombia y Perú. -


- Hyoga, dime una cosa… si uno de los santos de plata murió en combate… y otro se encuentra aquí… ¿Dónde se encuentran los otros dos y tu pupila? ¿Por qué no están aquí contigo? - pregunta Kiki analizando la situación.


- Antes de morir, la Alcaliana nombró a una tribu llamada… ¡Bora! Y a su reina… una tal Alexia… los dos santos de plata y Emma se dirigen hacia allí en este momento, en busca del antídoto. - responde Hyoga.


- ¡¿Qué?! ¡¿HAS DICHO BORA?! - exclama sobresaltada Mirari.


- Así es, ¿Qué ocurre? - pregunta Hyoga.


- Lleva a este caballero hasta mi casa, allí Catrina hará lo que pueda por el mientras estoy fuera. -


Mirari se pone en pie, con rostro fríamente serio, suelta la flecha negra que agarraba y se encamina hacia la salida del Santuario, dejando a todos desconcertados.


- ¡Mirari! ¿A dónde te crees que vas? - le grita Ígalo.


- Tu discípula y esos santos de plata no van en busca de un antídoto… ¡van directamente a una TRAMPA! - responde Mirari sin dejar de avanzar.


- ¡No puedes abandonar el Santuario por las buenas! Y si es cierto lo que dices, deberías ir con más apoyos. - responde Kiki.


Mirari se detiene por un instante, con la mirada baja y sin girarse.


- Escuchad, esto es una misión de rescate… si logro llegar a tiempo… pero nadie más que yo puedo ocuparse de esto… y tampoco necesito la ayuda de nadie… ¿Entendido? -


Mirari alza la mirada y reanuda la marcha.


- ¡Informad de todo al Patriarca! De lo demás me ocupo yo. - responde despidiéndose en la lejanía.


Los santos se quedan con cara de extrañeza tras la repentina reacción de la santa de Piscis, la cual, hasta ahora, nunca había mostrado interés por ayudar ni colaborar con nadie que no fuera ella misma.


- ¿¡Pero esta tía quien se ha creído que es?!- exclama escandalizado Ryuho.


- Deberíamos seguirla… ¿No creéis? - pregunta Ígalo.


- Vosotros dos, os quedareis aquí. - zanja Kiki dirigiéndose a los santos de plata y bronce.


- ¿¡Pero ¡¿qué?!- exclama nuevamente Ígalo.


- Vuestras armaduras no están reparadas, y vuestras heridas tampoco han curado todavía. - responde Kiki.


- ¿Y entonces? ¿Se va a marchar tan campante ella sola porque así lo dice? - pregunta Ryuho.


- No, Vada, quiero que sigas a Mirari… pero mantén las distancias. Yo me encargare de explicar todo al Patriarca. Mirari no nos ha contado todo lo que sabe, y temo que haga alguna estupidez. Confío en ti. - zanja Kiki dirigiendo su mirada con una sonrisa hacia Vada.


Vada muestra sorpresa ante la tarea que le encomienda el santo de Aries, pero asiente rápidamente con la cabeza, y tras una breve sonrisa a modo de despedida, ésta toma el mismo camino tras los pasos de la santa de oro de Piscis.


A las afueras del Santuario, con el sol del atardecer a su espalda, la santa de Piscis camina con paso firme, con muchos interrogantes en su mirada y portando una rosa sangrienta en su mano.


- Alexia… Reina de los Bora… Te prometí que nunca regresaría… pero… las circunstancias… han cambiado… volveremos a vernos pronto de nuevo… amiga mía… -


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